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Cuento que forma parte del libro “Un día en la muerte de Ana Bell” El libro, que fue editado gracias a un crédito del Fondo Nacional de las Artes, mereció la “Faja Nacional de Honor 2.000 de la A.D.E.A (Asociación De Escritores Argentina).
TRES EN EL LABERINTO
Fue un trece de junio, un sábado frío y lluvioso de otoño cuando Blanca Rosa hizo su declaración testimonial en la comisaría sexta de Junín, provincia de Buenos Aires. Todavía presa del terror, todavía confundida entre tantos detalles dantescos, contó como vio el espanto, el otro asombro, en "El Olimpo". Sin consuelo y sollozando -el Oficial escribiente no podía hacer callar sus gritos desgarradores- se preguntó una y otra vez el porqué del experimento.
Para quienes no conocieron a Blanca Rosa, el expediente que se formó con la denuncia que descansa en los archivos policiales de Junín, es el producto de la fantasía desatada de una mente enferma. Para los otros, los que tuvieron la oportunidad de frecuentarla, es un compendio del horror -memoria muda- signado por las posibilidades de un desarrollo científico a ultranza.
Los que gozaron de su amistad, recuerdan a Blanca Rosa como una mujer de ojos vivaces, menuda y de singular agudeza intelectual, tan rigurosa en sus juicios como irracional en su ternura. Afirman haberle conocido una sola pasión en su vida: la India, país que la fascinaba. Ese sentimiento profundamente arraigado en su personalidad sumado al azar, la unieron a la fortuna de Joaquín Eufrades González o Joaquín a secas, como lo llaman sus allegados- y al talento científico del galés George Hughes, ingeniero y biólogo.
Por cierto, las de los tres fueron vidas intensas, aunque no exactamente breves, salvo la de Blanca Rosa, que murió en un accidente automovilístico dos meses después de cumplir medio siglo de vida. Eufrades González aún persiste en su longevidad y conserva la mente lúcida, aunque su hermetismo, que desde el ingrato acontecimiento se hizo legendario, lo acompañará a la tumba con sus labios sellados (es el único que puede dar verosimilitud a lo acontecido). George Hughes, el tercero, se fue una noche fría de otoño cuando todos esperaban poder agraciarlo en sus noventa y tres años.
"El Olimpo", como se llamó posteriormente a la empresa, duró años y la amistad entre los tres no fue interrumpida ni interfirió en sus relaciones comerciales hasta la tarde de aquel sábado nefasto, víspera del accidente, al saber Blanca de la consagración sacrílega a la que Joaquín exponía parte del dinero de la sociedad fuera de los libros contables. Para ella sólo existía la exportación de animales bovinos, engordados en campos argentinos y felices, sin el stress del matadero, y esto bastaba para convalidar el destino espiritual del país y el suyo propio. La otra historia, la desgraciada, fue la que Blanca Rosa ignoró hasta el día anterior a su muerte.
La noche en que Blanca conoció a Joaquín, éste había heredado recientemente de su madre una vasta extensión de campos en las tierras de Junín, provincia de Buenos Aires. Fueron presentados esa velada en la casa de George, quien con unas copas de más, le había prometido a Joaquín hacerle conocer a la mujer de su vida. En el momento de ingresar Joaquín a la reunión, Blanca, que acababa de regresar de una de sus peregrinaciones anuales de Fe por la India, exponía ante los concurrentes las vivencias de ese país tan exótico y milenario, capaz de acomodar una opulencia descarada con bolsones de pobreza en un orden casi natural. Joaquín escuchó cautivado esa noche cómo Blanca, una década atrás y en plena adolescencia, había quedado hechizada ante la imagen placentera de una vaca recostada en el centro de un respeto sacrosanto en pleno corazón de Amritsar. Con encanto relataba su imposible pretensión de concebir racionalmente la visión de aquel animal flaco y viejo pero sagrado: ella procedía de otra cuna, de otros sueños, lo sabía; sin embargo, fue a partir de ese símbolo que aceptó lo contradictorio como un acto de Fe. Es mi homenaje insólito permanente a esa extraña cultura, así dijo. A continuación aclaró que su búsqueda incesante de respuestas religiosas a sus interrogantes, la llevaron a relacionarse con las autoridades de las castas más destacadas del hinduismo, y que los contactos se acrecentaron y fortalecieron, gracias a ciertas experiencias espirituales y místicas, a las que adhirió ciegamente llevada de la mano de su propio Braham.
Las palabras de Blanca no pasaron inadvertidas para Joaquín, a quien, contrariamente a lo esperado, no le impactó la belleza de Blanca sino la transparencia de su integridad, la capacidad inusual de aceptar costumbres y culturas tan disímiles sin cuestionamientos. Mientras la escuchaba, fue especulando sobre ese pueblo pobre y abandonado, aunque rico como mercado potencial. Olvidando a la mujer, se concentró en la manera de canalizar el fervor de Blanca hacia un negocio rentable, que de prosperar debidamente, subvencionaría sus ambiciones más ocultas (su intuición le hizo entender que el candor de ella debía allanarse a la ignorancia más absoluta sobre esto último).
En la cascada de pensamientos que prefiguran en su mente los futuros acontecimientos, Joaquín deduce que los campos heredados de su madre podían cumplir el propósito de adherir a Blanca a su plan; y no se equivocó. Esas extensas tierras de pastoreo encerraban para ella un Karma Nacional y un excelente destino de lucro y notoriedad para él. En el proyecto comercial de Eufrades Gonzáles, los contactos y el altruismo de Blanca eran requisitos fundamentales, y en el otro, en su proyecto in pectore, el talento de George era más que imprescindible. Conjeturó que la casualidad había tirado los dados y él los recogía mancomunando el entusiasmo, las posibilidades financieras y la competencia técnica con un alto desarrollo tecnológico. Cabía únicamente desplegar el escenario ante los ojos de Blanca y de George, y fue tan convincente, que en la madrugada de esa noche los tres decidieron unirse comercialmente a la estancia "El Dorado", propiedad de los Eufrades Gonzáles, luego bautizada "El Olimpo".
En "El Olimpo" se fabricaron dioses en serie: vacas seleccionadas, jóvenes y fuertes, exportados a la India no para el consumo sino para la veneración. Y a pesar de la oposición de ciertos grupos hindúes que intuyeron tras las razones religiosas de la sociedad el aspecto netamente comercial de la misma, las sectas más importantes -merced a Blanca y a su profunda convicción en el destino espiritual del proyecto- aceptaron la transacción como razonable. Pero "El Olimpo" fue una fachada -también de engaño para Blanca, para la ingenuidad de Blanca- de “el Laberinto”, nombre conocido por apenas un puñado de selectos devotos de la Práctica Helénica, actividad que Blanca Rosa hasta la víspera del accidente ignoró. Eufrades siempre mantuvo en reserva que, como buen hijo de griego, era un erudito enamorado de las historias cretenses y su Mitología.
La idea del laberinto acuñada por Joaquín se concretó tiempo después, a partir de una charla privada entre él y George. Joaquín no confiaba con ello acrecentar su fortuna -ya importante debido a la feliz transacción comercial con las vacas- sino su nombre en el historial griego. El detonador que Joaquín, hábil, introdujo en la conversación, fue: "qué hacer con los sementales sobrantes"; ellos eran inútiles pero merecían cuidado: no se los podía exportar como animal sagrado ni, por contrato, sacrificarlos, y esto producía pérdidas. La excusa derivó al objetivo que Joaquín tenía en su mente y acaparó de inmediato el entusiasmo profesional y la complicidad de George Hughes.
El Laberinto se convirtió así en un laboratorio secreto, siniestro e ilegal. Estaba separado de "El Olimpo" y ocultado por un inmenso muro de piedra. (Joaquín lo justificaba como una división familiar de los campos). Un portón central siempre cerrado, de dimensiones importantes, permitía el acceso a un gran espacio cubierto de forma cuadrada, cuyas paredes de madera maciza, entrelazadas entre si dibujaban en planta un verdadero rompecabezas. Una vez en su interior era imposible encontrar la salida si se desconocían las claves pintadas en las paredes. El laboratorio propiamente dicho, lugar donde se experimentaba la fertilización en Vitro bajo las órdenes de Hughes, era la antesala del "Centro": espacio descubierto y de pastoreo; un cuadrado limpio al cielo de casi una hectárea negado a los intrusos.
Blanca Rosa acostumbraba a descansar los fines de semana en "El Olimpo". El sábado del relato cosía un paño de lana, frazada de una de las camas de su habitación, cuando oyó los gritos. Aturdida, apenas atinó a dejar caer el paño en el suelo y con el carretel en la mano salir del cuarto y atravesar un portón sagrado casualmente abierto. No pensó, sólo atinó a correr hacia la angustia y, como a Teseo, siglos atrás, el hilo que se desenvolvió sin romperse le posibilitó después encontrar la salida.
La Mitología y sus héroes, debido a la declaración testimonial de Blanca fue, por un largo tiempo, tema obligado en cuanta reunión había por los alrededores del campo. No trascendió más allá, porque su muerte evitó la investigación que debería haberse efectuado según sus declaraciones. Un silencio absoluto cubrió su velatorio y el intento de pesquisas posteriores. Nadie supo de la causa del incendio que borró todo rastro ni de la autoría de un accidente que evitó el escándalo; nadie tampoco rastreó los antecedentes del descuido de un portón abierto, eternamente clausurado para los intrusos. Algunos se atrevieron a sacar conclusiones en voz alta, a dar nombres, pero no pruebas.
En la declaración ella denunció que se dejó guiar por un llanto onomatopéyico, entrecortado por suspiros lamentables, que vio criaturas monstruosas que jamás debió ver, que con horror, instantes después, advertiría el infierno en esos ojos azules que la miraban con desesperación, alojados en la cabeza de una mujer rubia, profana, moviéndose de un lado al otro sin acertar con la orden que se pretendía impartir a ese su cuerpo de bovino macho.
Muchos, aún hoy, siguen afirmando que de ser cierto lo narrado por Blanca Rosa, con ello se pretendió resucitar el mito a través de la ciencia, materializar un sueño colectivo y eterno confabulando mitología y tecnología en un mismo mandato ancestral; porque para Blanca y los que creyeron en su historia, los efectos de la fecundación con semen de toro de óvulos humanos albergados en vientres vacunos, tenia en el Laberinto una obvia finalidad: crear el Minotauro.
ROBERTO SANTIAGO DE BRITO
robertodebrito@hotmail.com
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